El abuelo Nicolás y su huerto

Por Juan Carlos Vivó  @juancvivo

Una mañana de agosto, a las seis de la mañana, en la puerta del bar, el abuelo Nicolás espera a que se abra para espabilarse con un café solo y un copazo de coñac.

—Usted siempre el primero, madruga más que los gallos a los que despierta –dice Manuel, el camarero.

—La mañana hay que aprovecharla. Ni un minuto de demora, que el campo no espera.

Al terminar, tras unos minutos de chala con Miguel, uno que no ha trabajado más que cuando toca alzamiento de botellas de cerveza, se echa al hombro la azada y con la otra mano ase una espuerta de goma y toma giro para la huerta, camino abajo.

Allí cava, arranca malas hierbas, escarda, injerta o, cuando están en sazón, saca de la tierra unas hermosas patatas, o unos ajos. Se lleva a casa pimientos, tomates, zanahorias, algún calabacín con los que abastece a la familia y agasaja a los amigos y vecinos, justo cuando se empiezan a poner maduros que es como a él le gustan.

Cuando empieza a apretar el calor, a media mañana, da de mano y vuelve al pueblo a por la redoma de vino y las almendras y el jamón del bar del Chinito con el Trompavaco mayor y Juan de la Viñica.

Desde que enviudó come casa de su hija Mercedes, que también le lava la ropa y le arregla la casa, pero no perdona nunca una siesta de dos horas para huir del calor. Al caer la tarde, como ahora, en verano, vuelta a la huerta otras dos horas más que “con el cambio de hora moderno que puso Franco —comenta alegremente— los días cunden un montón”.

Nicolás no era hombre de ir al Club del Jubilado con “ese atajo vagos que lo único que hacen es despellejar con la lengua a todo quisque” ni de irse a los viajes del Imserso a “ligar con viejas amojamadas y a ponerse ciego a comer y beber de gorra con lo que nos quita el gobierno”.

Un día lo vi volver a eso de las diez y media de la noche con un manojo zanahorias y el gesto y el andar cansados por el trabajo. Lo paré y le pregunté:

—Abuelo Nicolás, ¿por qué vuelve usted tan tarde, a su edad y solo? Le pasa algo y no lo encuentra nadie hasta el día siguiente.

—Hijo mío, —me contestó— tú eres de ciudad y no lo entiendes, pero si me quitan el huerto me muero.

Al abuelo Nicolás le atacó una trombosis y, aunque se recuperó algo, se murió de pena al año porque la huerta estaba abandonada y ni su hijo ni su nuera y menos los nietos, se ocupaban de ella. Hay personas que cuando pierden el aliciente de su vida se secan como el abuelo Nicolás.

De vez en cuando, lo llevaba su nieto Luis en el coche para que viera la huerta comida por los hierbajos. No hablaba ni palabra, sólo miraba, muy serio, fijándose en infinidad de detalles y a la media hora decía: “vamos”. Su nieto lo observaba y podía ver a veces alguna lágrima caer por las arrugadas mejillas, que se asemejaban a los surcos de la tierra cuando se suelta el agua  y llena las acequias.

Me enseñó el abuelo Nicolás que todos tenemos algo que nos da la vida, que tenemos nuestro huerto particular que cuidar y que hay que dedicarse a él con esmero e ilusión constantes.

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Categorías: #unaactitudpositiva

5 comentarios

  • FlorManchega dice:

    ¡Precioso relato!
    Allá donde esté el abuelo Nicolás, debería saber que su huerto una vez más ha dado sus frutos, no en forma de hortalizas, ni frutas, sino en forma de #unaactitudpositiva ante la vida. Es una gran enseñanza de vida para todos los demás cada cual que se quede con la parte que más le guste, y si es lo mejor … pues mejor :)
    Saludos.

  • isabel lopez d codina dice:

    Es lastimoso pero real,ocurre en la cotidianidad de la vida.Cosas a las cuales les has puesto tus atenciones y esmeros;otros no valoran el sentimiento puesto en ese accionar pq -tal vez- no entienden la importancia que uno le ha dado y que he ha tenido para ese ser.
    Pienso q no debemos apegarnos a nada ni a nadie,para no tener que padecer.

  • Llevas toda la razón del mundo. Cómo lo que ha sido el sentido de la vida de una persona no es valorada por los demás.

  • Cote Carrillo dice:

    Esa es la actitud, tener siempre presente que cada día que amanecemos es un regalo que hay que agradecer y disfrutarlo como si fuera el único. Me guardo este blog en favoritos, para disfrutarlo y compartirlo. Realmente se hace necesario no perder la ilusión y no desanimarse ni contagiarse de tantas personas pesimistas que nos rodean.

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